El silencio, frente a lo que pudiera pensarse a primera vista, no forma parte del no ser. Forma parte del ser. Y en tanto que ser, puede tener un contenido y adquirir un significado. El silencio no sólo existe sino que además transmite, comunica. Y por tanto, el silencio puede mentir.

Cualquier lenguaje arranca en el silencio y regresa de nuevo a él, desde
luego, pero necesita igualmente de silencios en su transcurso. Ésos son los
que nos interesan aquí. El silencio envuelve todo mensaje, y a la vez se deja envolver por éste, inserto entre sus elementos, disfrazado de pausa, de espacio o de intervalo. Es principio y final, y sin embargo forma parte también del proceso que lleva del uno al otro.

 el silencio tiende siempre a llenarse. A llenarse de significado. Y por eso, el silencio informa; el silencio es información.

El silencio de Dios que han descrito teólogos y filósofos como Charles Moeller o Raimundo Pánikkar, entre otros, invita a que el creyente hable ante sí mismo y ocupe el espacio sin palabra que se le ha dejado disponible; el silencio literario también incita a ese diálogo interior, en este caso a partir de un texto, y lo mismo sucede con el silencio cinematográfico entre planos o secuencias. Todo mensaje se expresa tanto por lo que contiene como por aquello que omite pero se deja intuir para que el receptor lo perciba.

Entendemos así el silencio como lo contrario del ruido, del sonido o de la palabra. Pero debemos relacionar el silencio también con la ausencia.

El silencio es esencialmente ausencia: por ejemplo, en la ausencia de respuesta (como en el silencio administrativo), en la falta de regulación (como en la laguna legal, por ausencia de previsión), en la quietud (como el silencio de los cementerios que implica la inexistencia de vida), en la resignación (decimos que alguien sufre en silencio y eso significa que asume su desgracia, en una ausencia de rebelión), en el olvido formal (entregamos algo al silencio y ello implica no volver a hacer mención del asunto, a declararlo ausente), en la angustia (que se experimenta calladamente al hacerse angosta la garganta y producir la imposibilidad del habla), la soledad (el silencio en la reflexión, en el reflejo de nuestros pensamientos sobre los pensamientos mismos, la ausencia de diálogo), en el recogimiento (que no debe ser perturbado por ningún sonido), en la concentración (el tenista espera el respeto del público cuando emprende su ritual para poner la bola en Material protegido por derechos de a juego), en el cero (como equivalente de la ausencia total), en el color negro (en tanto que metáfora de toda ausencia), en la paz (como ausencia de ruido perturbador), en la calma (igual que el mar sin tormenta), en el enigma (que no se puede entender sin una ausencia de información, sin un silencio).

Silencio y ausencia suelen resultar palabras sinónimas. La ausencia es a menudo omisión: alguien decide que algo no ocurra, o no ofrece los datos necesarios para que algo se comprenda. Así sucede, en efecto, con el enigma, cuya finalidad consiste en oscurecer deliberadamente; y acentuar, por lo tanto, la sensación de incertidumbre que implica el mensaje significativo. Pero el enigma, aunque juegue con la ausencia, debe facilitar también la interpretación, incluir los elementos necesarios (los sonidos, la presencia) que hagan posible el significado del silencio. El enigma debe dificultar y favorecer a la vez. De ese modo, la palabra enigmática está estrechamente relacionada . con el simbolismo, porque el símbolo evoca un significado mayor que su propia dimensión, que rellenamos a partir del silencio. El enigma presupone también la codificación de un mensaje que se elabora confiriendo un orden metafórico a palabras cuyo sentido parece, a primera vista, unívoco. Ahora bien, en el propio grupo enigmático debe ir incorporada la clave para que, mediante un contexto tal vez lejano, podamos
desentrañar la propuesta, interpretar lo omitido.

El valor del silencio se extiende más allá del enigma y de todo lo que acabamos de enunciar: es también el secreto, destinado a «preservar el orden vigente de las cosas» (Le Bretón, 1997: 119); a respetar de ese modo los usos de la vida social: qué conviene callar y qué interesa decir. Y ahí se insertan el secreto médico, el secreto de confesión, el secreto profesional de periodista… Secretos obligados por unas normas éticas.

Se asocian también al silencio otros conceptos como el recogimiento (que permite la mística y que propicia la voluntad de los creyentes de comunicarse con Dios); el respeto de los ritos mortuorios que invoca el recuerdo de la persona fallecida, que eleva las plegarias, «cada uno vuelto sobre sí mismo» (Le Bretón, 1997: 251) y que se plasma en «el minuto de silencio» con que se homenajea a un difunto. Pero asimismo el silencio equivale a la tranquilidad: en los barrios de una gran urbe, representa un valor comercial porque garantiza la paz.

Y es silencio el miedo a expresarse (la «ley del silencio»). Y también la indiferencia, una forma de menosprecio (Lubienska, 2006: 13im. Y a veces ejercemos el silencio como protesta; o el silencio como opinión (así sucede en los toros al final de una lidia que no ha levantado entusiasmo pero tampoco censura); o lo destinamos a espacio para meditar una decisión: en España, por ejemplo, se hace el silencio de los actos electorales el día previo a las votaciones.

En la filosofía y en la literatura contemporáneas se ha producido una cierta «exaltación del silencio» (Levinas, 2009: 69) en sus entendidos como secreto, misterio, insondable profundidad de un mundo fascinante sin palabras que se opone a la habladuría o a la indiscreción. Pero ésa es también una concepción mísera del lenguaje porque «olvida la inhumanidad de un mundo silencioso». El secreto puede ocultar aquello que no se cuenta porque desataría reacciones contrarias, quizás por su ilicitud. Y, por otro lado, el secreto puede proteger la vida privada y la intimidad; si bien en ese caso disponemos de la palabra «discreción». Por tanto, el silencio parece una herramienta más, cuya virtud o inconveniencia dependerá del uso que se le dé; así como un cuchillo sirve para apuñalar pero también para cortar el pan.

Ahora bien, podemos considerar dos tipos de silencio: el que depende de una decisión personal, y aquel silencio que corresponde a un estado natural, sea pasajero o perenne. En francés, estas dos posibilidades del silencio parten de dos raíces latinas que implicaban los mismos significados respectivos: Se taire (callarse) procede del verbo latino tacere. Y étre en silence (estar en silencio) se apoya en la base de silere. El primero (tacere) muestra el acto de callar alguna cosa, el silencio activo, mientras que el segundo (silere) refleja el estado silencioso pasivo: la mudez o el mutismo.

Del tacere latino deriva la palabra castellana «tácito», muy usada precisamente en lingüística para designar lo que no se expresa pero se supone o se infiere; y aquel tacere se halla también en la raíz de «taciturno», adjetivo con el que calificamos al que es callado, silencioso, esa persona a quien le molesta hablar. De silere nacerán por su parte en castellano las otras palabras de la familia del silencio: silenciar, silente, silencioso, silenciador…

Un árbol o una sardina son mudos, y por tanto no pueden callarse nada (es decir, no pueden tener la voluntad de renunciar a decir). Pero las personas sí. Y no es lo mismo ser silente que callar algo. Ni estar callado que callarse. La misma diferencia se daba en griego: siopan (se taire en francés) y sigan (étre en silence: estar en silencio) (Le Bretón, 1997: 25 y 26).

Ésas son dos de las raíces latinas del silencio (tacere, silere), a las que debemos añadir el sustantivo mutus (mudo) y tal vez el propio verbo «callar», que —lejos del sileo latino— procede de chalare («bajar» la voz) y de su antecedente griego xalán. Pero ¿qué designan en el fondo esos términos?, ¿qué es el silencio? ¿Existe el silencio?

Entendemos que no, con David Le Bretón (en Du silence), con John Cage (en Silence) y con otros autores. Al menos, no existe en nuestro mundo. Tanto Le Bretón como Cage cuentan la experiencia de la cámara insonorizada, una habitación sin ecos donde no puede entrar ningún sonido y que está destinada a usos científicos. El ensayista francés explica que, a pesar de que en ella se produce supuestamente el silencio absoluto, uno
puede oír allí los latidos de su corazón, la circulación de la sangre, el tránsito
intestinal… (Le Bretón, 1997: 143)[2]. Y el músico estadounidense, que
entró en una de estas cámaras en la Universidad de Harvard, oyó dos sonidos: uno agudo y otro grave. Cuando se los describió a los expertos, le contestaron que se trataba de su sistema nervioso en funcionamiento (caso del sonido agudo) y de la circulación de su propia sangre (el grave) (Cage, 2007: 9).

Así pues, en el silencio siempre hay un sonido, sostienen ambos. El Material protegido por derechos ú campo, según escribe Le Bretón, se nos presenta como lo opuesto a la ciudad: con sus ventajas de tranquilidad y ausencia de bullicio. Pero el mundo rural está lleno de sonidos: los insectos, el movimientos de los árboles… Incluso el crujir espontáneo de la madera en los muebles de las casas, que el silencio permite ofrf31.

En nuestro mundo, el silencio absoluto puede resultar tan imposible, pues,
como la nada, porque el silencio absoluto —que nadie oiga nada— sólo se haría posible en la nada absoluta, y la nada absoluta no existe tampoco. Para Parménides, lo existente no tuvo principio: si hubiera tenido un comienzo, antes de comenzar no habría habido nada, y de la nada no puede surgir lo . existentef41.

La nada es, en efecto, la negación del ser, pero ya nos dejó dicho Aristóteles que tanto la negación como la privación se dan dentro de afirmaciones: aun del no ser puede afirmarse que es. La doctrina cristiana sostiene por su parte que Dios creó el mundo de la nada, y eso transformó en su momento las bases de la especulación filosófica (Ferrater, 2008: 252), pero en la nada de los cristianos ya existía Dios; y por tanto la nada no existió jamás para ellos.

Si de la nada absoluta no puede salir nada, el silencio encontraría en ella todo su sentido. Para Platón, hay un ser del no ser. Para Parménides, lo existente existe y no se da el no existir: «No puedes conocer ni expresar lo . no existente, pues sólo es pensable lo existente».

El silencio tal como lo entendemos se puede romper con la palabra o con
el sonido, pero ¿cómo se rompió la nada? ¿A partir de qué? «No hay ningún principio cuando no hay ninguna palabra», sostiene Raimundo Pánikkar. «El “no-principio” no tiene ninguna palabra. La palabra es coextensa con el ser: el No-Ser no tiene ninguna palabra. Y esa “no-palabra” no expresa» (Pánikkar, 1984: 28). En este sentido decimos que el silencio absoluto tampoco existe. Sin embargo, el sonido existe incluso cuando nuestros oídos no trasladan al cerebro la consciencia del ruido; porque quizás exista en un espectro sonoro que nosotros no registramos en determinado momento, pero un perro sí. La percepción no repara en la existencia de aquello que no percibimos; y sin embargo puede existir. Así pues, el silencio sólo puede ser relativo. Y esa relación entre el ruido y la ausencia de sonido, entre la expresión y la omisión, es lo que cabe analizar en un trabajo sobre el silencio.

De este modo, apreciamos el silencio —tan relativo como la nada según la nombramos en nuestra vida común— sólo como una inaudible intensidad de la frecuencia en medio de los sonidos.

FUENTE :   Alex Grijelmo, La información del silencio, CÓMO SE MIENTE CONTANDO
HECHOS VERDADEROS, TAURUS

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Psicologia / Neurociencia

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