Entrevista a Santiago Beruete: lecciones de vida de la jardinosofía

Paciencia, humildad, respetar los ritmos de la naturaleza… son lecciones que Santiago Beruete ha aprendido de su jardín y que todos podemos aprender cultivando el nuestro.

«Salir al jardín es entrar en uno mismo. Y quizá por eso cultivamos las plantas», nos dice Santiago Beruete. Nació en Pamplona en 1961, pero vive desde hace años en la isla de Ibiza, donde alterna las clases que imparte de Sociología y Filosofía con el cuidado de un huerto-jardín en la terraza de su casa. Está licenciado en Antropología y es doctor en Filosofía, ha escrito novelas, cuentos y poemas, además del ensayo Libro del ajedrez amoroso (Editora Regional de Extremadura, 1990).

Su último libro, Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines, es el resultado de los muchos años que ha dedicado a estudiar la experiencia del jardín, y tiene su origen en parte en su tesis doctoral «Los jardines de la utopía». El ensayo, que ya va por la tercera edición, repasa las relaciones entre la filosofía y el jardín a partir de la idea de que, como él mismo escribe, «los jardines expresan mejor que otras manifestaciones culturales las inquietudes filosóficas de cada época».

Santiago Beruete y la filosofía del jardín

El libro es la historia de una relación que habla del placer, de la felicidad y del buen uso del tiempo. Dice que su libro Jardinosofía sería otro si no lo hubiera escrito con las manos encallecidas por la azada, la podadora y las tijeras. Que convertir un trozo de tierra en algo parecido a una arcadia le enseñó cosas que no se aprenden en los libros.

—¿Qué reflejan los jardines?
—Son de una gran riqueza simbólica, nos permiten visualizar conceptos muy abstractos. Nos enseñan cómo nos hemos representado la felicidad los seres humanos. Reflejan los ideales morales, estéticos y políticos de cada época. Y en ellos se puede escuchar esa especie de vieja y ambivalente melodía del amor por la naturaleza que hemos sentido los hombres.

—¿Qué expresan los jardines hoy?
—En esta época marcada por la aceleración, el individualismo consumista y el narcisismo, los jardines son quizá todavía pequeños espacios de resistencia, de contestación social. Nos llevan por otro derrotero, se convierten en una escuela moral. Los valores imprescindibles para el cultivo de un jardín son también ingredientes básicos para una buena vida: constancia, perseverancia, humildad, paciencia, gratitud… No concibo ninguna buena vida, sea cual sea la fórmula –¡y yo no la conozco!– que no incluya los beneficios que reporta el jardín: el reposo, la tranquilidad, la libertad interior, la serenidad. Ahí aprendemos muchas lecciones.

«Los valores imprescindibles para el cultivo de un jardín son también ingredientes básicos para una buena vida..»

—¿Apreciamos los jardines lo suficiente?
—Cuanto más nos urbanicemos más necesidad vamos a tener de recuperar la naturaleza. Yo creo que la edad de oro de los jardines está por llegar. Hay un movimiento en todas las grandes ciudades del mundo que busca renaturalizar los espacios urbanos. Quizá sea la dinámica del ser humano. Siempre nos hemos sentido llevados por la nostalgia del paraíso perdido y, a la vez, por el deseo de un mundo mejor.

—Supongo que te consideras un jardinero…
—Sí. Lo que empezó siendo una afición se ha convertido en un estilo de vida, una forma de estar en el mundo. El jardín es para mí un entorno de cariño, una buena escuela del cuidado: si cuidas tus plantas es más fácil que acabes cuidando de las personas que te rodean. Nos olvidamos a veces de que las plantas son seres vivos y que amar a las plantas es una forma de amar a todo lo viviente.

«Amar a las plantas es una forma de amar a todo lo viviente.»

—¿Qué virtudes desarrolla un jardinero?
—Sobre todo la paciencia. Un jardinero es alguien a quien no le falta iniciativa para cambiar el mundo pero que está dispuesto a soportar la espera sin perder la capacidad de sorpresa. Plantar ya es un acto de fe. En lo más crudo del invierno plantar bulbos y confiar en que un día brotarán es una apuesta por el futuro que choca frontalmente con la vivencia actual de la aceleración permanente, la productividad inmediata y la lógica del máximo beneficio que dominan nuestra sociedad.

—¿Qué otras lecciones podemos sacar de un jardín?
—Humildad. De hecho, la palabra viene de humilitas, que en latín está emparentada con humus, la tierra negra, fértil. Humilde se podría traducir como «pegado a la tierra», «mirando a la tierra». Cualquiera que haya cuidado un jardín, un huerto o cuatro macetas en un balcón sabe que tiene que aprender a respetar los ritmos de la naturaleza: obedecer los ciclos, las estaciones, aceptar que hay un momento para podar y otro momento para abonar. En definitiva, que no estamos solos y que somos, hasta cierto punto, insignificantes dentro de la interdependencia de lo viviente.

—¿De ahí tu concepción del jardín como «terapia filosófica»?
—El jardín permite el «florecimiento » personal, te construye por dentro. Salir al jardín es una manera de entrar en uno mismo. Y quizá por eso cultivamos las plantas. Porque mientras las cultivamos, ellas nos cultivan a su vez a nosotros.

«Mientras cultivamos las plantas, ellas nos cultivan a nosotros.»

—¿Cómo disfrutas de tu jardín?
—Al principio le dedicaba mucho tiempo. Por avatares de la vida me hice con un trozo de bosque y lo desmonté hasta crear un jardín. Hice bancales, talé árboles, roturé la tierra, creé un huerto de frutales, otro de plantas aromáticas, otro más floral… Todos aquellos años fueron muy laboriosos. Ahora el jardín ha pasado a ser cada vez más un disfrute compartido con los amigos. El que tengo en la terraza funciona como una prolongación de la casa en la que nos permitimos otro tipo de relación, más desinhibida, con niños correteando, la fuente borboteando… Es algo que tienen todos los jardines: son un espacio de contemplación y retiro y, al mismo tiempo, un lugar para la vida social y el diálogo.

—En tu libro dices que un jardín es una buena escuela de la mirada y del oído…
—Para tener un buen jardín es muy importante escuchar al genio del lugar (genius loci), ir viendo qué tipo de plantas pide. Muchas veces queremos trasplantar nuestras ideas a la naturaleza sin oírla, forzándola. Hay mucha gente, por ejemplo, que se empeña en plantar césped donde no se dan las condiciones naturales para que prospere.

«Es algo que tienen todos los jardines: son un espacio de contemplación y retiro y, al mismo tiempo, un lugar para la vida social y el diálogo.»

—Es cierto. ¿Por qué esta fascinación por el césped?
—Mi interpretación es que es una metáfora muy doméstica del dominio sobre la naturaleza. Nos da una sensación de placer, de control.

—Tu jardinería tiene poco de lucha y mucho de colaboración…
—Totalmente. El jardín es un entorno de cariño pero, como muchas veces ocurre en las relaciones humanas, tiene algo de perverso. Puede verse como una mascota a la que sometemos a nuestros caprichos, nuestro orden, disciplina… que nos devuelve cariño y una imagen de nosotros mismos pero a costa de dominarla. Esta ambivalencia está muy presente en el jardín. Nos cuesta pensar en el amor dejando al otro libre.

—¿Qué contradicciones tuyas has encontrado en tus jardines?
—¡Muchas! Yo era un urbanícola medio retirado en una isla que empezó a trabajar un jardín, pero básicamente era una persona que lo ignoraba todo sobre jardinería. Me he encontrado con el empeño de plantar plantas que me gustaban pero que no se adaptaban al terreno, con querer acelerar los ciclos naturales… El jardín también me ha enseñado una forma de felicidad basada en necesitar poco y en el reposo. Es una felicidad humilde pero más duradera que otras.

«El jardín también me ha enseñado una forma de felicidad basada en necesitar poco.»

—¿Recuerdas algún jardín de tu infancia que te marcara?
—El de mi abuela. Un día me di cuenta de que los momentos de mayor felicidad de mi infancia tenían como telón de fondo un jardín. Y pensé que puede que esa sea la razón profunda de mi interés por las plantas. Cada uno de nosotros tenemos nuestro pequeño paraíso terrenal perdido, y quizá sea el de la infancia.

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Psicologia / Neurociencia

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