Todos somos Gere

En Norman –la película que se estrena en España el 2 de junio y que inauguró el BCN Film Fest–, vemos a un Richard Gere envejecido. Normal, piensas, es casi un septuagenario. Pero cuando me tiende la mano y me saluda con un amable “¿ya nos conocemos?”, sigo viendo al sex symbol de melena plateada y andares erguidos. Afable y próximo, escoge él meterse en una conversación de profundidad espiritual. Defensor de la causa tibetana y amigo íntimo del dalái lama, intenta hacerme comprender que, más allá de las apariencias, todos somos uno. Pero cuando dejo el hotel y cientos de personas esperan su salida, y eso le ocurre desde hace décadas ahí donde va, ¿puede uno en esas circunstancias saber quién es…?

Cuántas vidas ha vivido?

Infinitas, y me quedan infinitas por vivir. La conciencia no tiene ni principio ni fin, es una continuidad.

Y en esa continuidad, ¿qué recuerdo atesora?

Estoy en un patio precioso que me parece enorme aunque es muy pequeño. Mi trabajo es cortar el césped, y guardo ese olor de la hierba recién cortada asociado al sonido de mis padres charlando en el interior de la casa y el barullo de mi hermana mayor jugando con sus amigas.

¿Qué le transmitieron?

Mi madre falleció el año pasado a los 91 años, mi padre va a cumplir 95 y es extraordinario, porque es la persona más amable que he conocido, y lo es de manera espontánea e intuitiva. Yo intento parecerme a él y cada vez me acerco más, pero nunca lo alcanzo.

La amabilidad, ¿la virtud que más valora?

Sí, y creo que es algo común en todas las culturas, admiramos a los que de una manera generosa están al servicio de los demás.

¿Cuál ha sido su ambición?

Más sabiduría, más amor y más compasión, todo eso que consigue romper esa idea dura de uno mismo que nos hace tan egoístas.

A los 20 años, ¿quería triunfar?

No. Quería explorar, y tener el suficiente dinero para olvidarme de él. Pero nunca me interesó el éxito.

Cuentan que a esa edad, siendo camarero en un bar de Nueva York…

Era una hamburguesería cerca de la universidad, pero era demasiado tímido para ser camarero, así que lavaba platos.

Dicen que allí atendió a Robert De Niro y le dijo: “Voy a ser tan rico y famoso como tú”.

No es cierto. Es muy curioso el personaje que se crea a partir de ti: un auténtico desconocido.

A los 24 años se hizo budista, ¿qué andaba buscando?

El único motivo por el que uno llega a cuestionar el universo, la propia experiencia del mundo y a uno mismo, es conquistar la soberanía, y eso me llevó al budismo zen que me dio una sólida práctica cotidiana. Luego en Nepal conocí al pueblo tibetano y fue revelador, entendí que otro mundo era posible.

¿Qué ha sido lo difícil en su vida?

Superar esa obsesión tan común de perseguir el propio bienestar. La base de todos nuestros problemas es esa creencia en el yo como una entidad que existe separada de todo lo demás.

A los 30 se convirtió en un símbolo sexual.

Eso es un shock para cualquiera. Todos vivimos en un mundo de autoproyecciones que proceden del exterior y que no se corresponden con quién eres. Si te haces famoso, ese personaje te desborda.

¿Lo resolvió?

Has de aprender a navegar por esa jungla de emociones. Fabricar tu propio mapa.

Hollywood es una concentración de egos.

Su punto de vista es muy europeo, ustedes tienen la idea de que Hollywood es Sodoma y Gomorra, pero todos nos enfrentamos a los mismos problemas, dudas y emociones.

¿Qué cosas importantes le han sucedido?

Mi hijo, nada mayor que eso.

¿Y su activismo, sus viajes en defensa de los pueblos indígenas, del Tíbet…?

He viajado por todo el mundo y he podido ver con sorpresa lo mucho que nos parecemos todos, pero tengo claro que en Occidente vivimos en un mundo de fantasía.

¿A qué se refiere?

Todo consiste en comprar, en el aspecto que uno tiene… Todo es ruido. Bajo esa fina capa todos queremos que nuestros hijos sean felices, amamos a nuestra tribu y odiamos la violencia, respondemos al amor y a la amabilidad. Todos queremos ser necesarios. Y nada de lo que le digo tiene que ver con el dinero y las cosas.

Pues estamos aferrados a ellas.

Por eso somos infelices. El éxito está en nuestra mente, no en los objetos. El éxito es ser feliz.

Pero el mundo no se rige por eso.

No, pero podría. Uno de mis maestros, cuando mira a su alrededor, siempre dice: “¡Menudo espectáculo este mundo!”.

¿Cuáles son las enseñanzas que más le han servido?

Comprender la diferencia entre amor y compasión. El amor es el deseo genuino de llegar a la felicidad, la compasión es el siguiente nivel: siento tu sufrimiento y quiero ayudarte. Y ya sabemos quiénes son los grandes en eso: Jesucristo, Buda, Gandhi…

Gente extraordinaria, no es muy habitual.

Lo es, en realidad no hace falta ni pensar, es como un picor, si el mundo sufre, haces algo para ayudar. El verdadero compromiso es totalmente espontáneo. Yo soy tú, nosotros somos ellos.

¿Medita a diario?

Sí, mínimo una hora.

¿Qué le falta por experimentar?

Quiero estar ahí para mi hijo, de la manera más amplia y profunda posible. Y quiero más y más profundidad en mi vida.

¿…?

Sentir esa luz extraordinaria que hay en nuestro interior y permitir que sature toda mi existencia, que esos ideales de compasión de los que hablábamos no sean conceptuales sino completamente espontáneos.

Usted pertenece al imaginario colectivo.

Si no estás atrapado en él puedes ver lo ridículo de todo ese espectáculo que nos rodea: la falsa realidad, que no es más que un juego.

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20170529/423019083812/yo-soy-tu-nosotros-somos-ellos.html

beassertive AdministratorKeymaster
Psicologia / Neurociencia

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