EGO, RELIGIÓN Y NO-DUALIDAD

Sabemos que al ego le encanta discutir, porque eso le permite distanciarse de los otros y, de esa manera, autoafirmarse. Si estamos atentos, podremos observar que, en la discusión, se ponen en juego toda una serie de necesidades del ego, que exigen satisfacción: tener razón, destacar, lograr reconocimiento, “someter” al otro, obtener poder…

Todas ellas giran en torno a la necesidad de seguridad, porque el ego, esencialmente inseguro porque es vacío, necesita ocultarse a sí mismo su carencia fundamental. Como todo él es una ficción, sólo se siente existir si “brilla” de algún modo.

Tanto el ego individual como el colectivo parecen funcionar de esta manera. Uno y otro tratan de “marcar su territorio”, como hacen los animales de otras especies, y de imponer su dominio para obtener una sensación de seguridad.

Debido al momento evolutivo en el que nos encontramos, los grupos humanos, en gran medida, actúan según esa ley. Parece que necesitamos crecer en consciencia de quienes somos para que sea posible un nuevo comportamiento caracterizado por la comunión y la solidaridad. Sólo la conciencia de nuestra “identidad común” –no egoica, sino transpersonal- permitirá el cambio en nuestro actuar. Entre tanto, es el ego quien nos conduce en la mayoría de las ocasiones.

Los grupos religiosos tampoco escapan a ello. Con frecuencia, los vemos en pugna con otros diferentes, como queriendo afirmar la propia supremacía. Con frecuencia, se percibe en ellos el temor de que el reconocimiento de la “verdad” que hay en los otros menguara “su” propia verdad.

Desde el modelo mental, no hay salida posible. La mente considera la “verdad” como un “objeto” que ella posee. Por tanto, da por supuesto que sólo es verdad lo que ella afirma, y que se hallan en el error quienes sostienen algo distinto.

Necesitamos salir de ese modelo de conocer para poder percibirnos como “complementarios”, que mutuamente nos enriquecemos, en la medida en que respetamos y valoramos las diferencias.

Las religiones –aunque no sólo ellas- tienen por delante un largo camino para salir de sus respectivos guetos y abrirse a lo que Javier Melloni llama “síntesis superiores”.

Todo este comentario me ha sido evocado por el texto del evangelio, en el que se trasluce el enfrentamiento entre seguidores de Jesús y discípulos del Bautista, a propósito de la supremacía de uno de ellos sobre el otro.

Los enfrentamientos religiosos funcionan de ese modo. No se suele plantear de entrada lo que los une, ni tampoco tienden a ponerse de acuerdo en una “práctica” que les permita –sin negarlos- trascender sus propios puntos de vista. Más bien ocurre lo contrario: los grupos se encastillan en sus propias creencias, en sus ritos y en sus jerarquías, con un aire de superioridad mal disimulada, que termina socavando su propia credibilidad.

Ocurre que al ego –individual o colectivo- no se le puede pedir que “renuncie” a sus creencias –en el sentido de relativizarlas, situándolas en un segundo plano- porque se sentirá perdido. Es necesario trascenderlo para comprobar que, sin renunciar a ellas –en el sentido de negarlas-, puede abrirse a una verdad mayor, que trasciende conceptos y palabras.

Pero esto requiere aprender a silenciar la mente, para encontrarnos en el no-lugar donde experimentamos la unidad que somos. Cuando eso sucede, hemos pasado de la religión excluyente a la espiritualidad inclusiva.

Aun siendo cierto que la religión tiende a separar, debido a la propia dinámica de la creencia –siempre quedarán “fuera” quienes no la compartan-, esto no significa que no pueda vivirse de una forma no excluyente. Esto es posible cuando se relativizan las “formas religiosas”, en aras de Aquello a lo que esas formas apuntan.

Por el contrario, en ausencia de esa sabiduría que lleva a relativizar las propias formas, la religión se hace totalitaria. Como escribe Javier Melloni,

“las religiones son receptáculos de una plenitud que ha sido vertida en ellas y que tratan de custodiar. Pero al custodiarla se pueden hacer insolentes. Por miedo a perderla, la blindan, y al no saber qué hacer con tanta densidad, la lanzan sobre las demás sin atender a lo que ellas ya contenían… Las religiones se hacen indigestas –no sólo indigestas, sino sumamente peligrosas- cuando pretenden apoderarse del Absoluto… Se reconoce que una plenitud ha sido reducida a totalidad por la crispación con que se defiende… La plenitud no se posee: se irradia”

(J.MELLONI, Hacia un tiempo de síntesis, Fragmenta, Barcelona 2011, pp.43-44.53).

Es comprensible, volviendo al texto del evangelio, que unos se sintieran especialmente fascinados por Jesús de Nazaret, mientras otros lo eran por el Bautista. Eso es humano, y no tiene por qué generar ningún problema.

El problema empieza cuando, desde una lectura mítica y dualista, lo que sólo es “diferencia” lo convertimos en “separación excluyente” y en guerra de individualidades.

Desde el modo no-dual de conocer, todas las diferencias son abrazadas en la no-dualidad; dejan de verse como causa de separación y se aprecian como factor de enriquecimiento. Pero esto requiere nada menos que la desapropiación del yo, porque él no puede sino vivir para autoafirmarse a costa de todos y de todo. La no-dualidad se halla completamente fuera de su alcance.

Sin embargo, trascendida la cerrazón característica del ego, “lo que atrae de Cristo a los cristianos, del Corán a los islámicos, de la Torah a los judíos, de los Vedas a los hindúes o de Buddha a los budistas es el abismo de luz, el derramamiento de ser que se desprende de ellos y el camino que proponen para mantenerse en estado de apertura” (J. MELLONI, p.46).

Es decir, nos atrae el hecho de que, en ellos, percibimos con nitidez, como en un espejo, el reflejo limpio de lo que –probablemente aun sin saberlo- todos somos…, y por eso en ellos nos reconocemos.


Cada época se justifica ante la historia por el encuentro de una verdad que alcanza claridad en ella.

¿Cuál será nuestra verdad?

¿Cuál nuestra manifestación?

 

NUESTRA GENERACIÓN ha crecido entre las ruinas de antiguas certezas. Nacimos mientras caían. Apenas participamos en su derrumbe. Somos hijos del fragmento, pero el fragmento no nos inquieta, porque la alternativa de las grandes moles compactas no nos atrae ni nos convence. Han producido demasiadas víctimas como para confiar en ellas. Con los fragmentos, en cambio, se pueden hacer mosaicos y vidrieras que insinúen lo Invisible sin saturarlo, formas cambiantes de paredes y tejados, de bóvedas, campanarios y minaretes que alberguen y señalen ámbitos de trascendencia sin problematizar porque queden espacios abiertos, ya que el vacío puede ser una forma de plenitud. Esto es lo que otras cosmovisiones nos recuerdan. Recurrir a ellas nos da la oportunidad de salir de nuestros cotos demasiado cerrados y descubrir que la existencia, transida de Misterio, se puede vislumbrar y expresar de muchos modos. Modos que permiten acoger la vida como don y celebración a la vez que como tarea, lo cual supone una actitud distinta a la de los maestros de la sospecha pero que no es ajena a sus aportaciones, porque ha sido purificada gracias a ellos.

Después de un siglo de ideologías férreas que negaban lo Invisible y de décadas de teología sobre la muerte de Dios, nos hallamos ante un nuevo paradigma en el que el resurgimiento de lo espiritual ha confluido con la pluralidad cultural y religiosa, dando pie a un extraño magma de corrientes de Oriente y de pretéritas tradiciones olvidadas de Occidente y de otros lugares del planeta, fenómeno que algunos pensadores han calificado de retorno de lo sagrado. Situación que resulta incómoda a una generación para la cual hablar demasiado de Dios resulta impúdico, casi blasfemo.

En cualquier caso, es innegable que estas ascuas reavivadas indican el anhelo de trascendencia que subyace en la hondura del ser humano y que está reprendiendo con nuevos nombres y maneras de reconocerlo y desplegarlo. El reto consiste en que este resurgimiento integre las aportaciones de las generaciones precedentes, tanto de las más antiguas que pertenecieron a la primera inocencia como de las más recientes que aportaron una actitud crítica respecto a las religiones. De aquí que se pueda esperar un tiempo nuevo en el que visiones que hasta el presente han competido entre sí descubran que se necesitan mutuamente.

Se podría comprender este tiempo nuevo que está emergiendo como la oportunidad de integrar trascendencia e inmanencia; lo sagrado y lo profano; animus y anima; el Dios personal y el Dios transpersonal. Esta síntesis está llamada a conjuntar también contemplación y compromiso ético, cien- cia y espiritualidad, tecnología y ecología, capacidad crítica y actitud admirativa, dando pie a lo que Paul Ricoeur llamó ya hace algunos años la segunda ingenuidad, y Raimon Panikkar, la nueva inocencia.

Estos atisbos de síntesis se producen como resultado del encuentro de las diversas tradiciones religiosas y cosmovisiones de la humanidad. Ello hace que ya no sea posible pensar a Dios, al hombre y

al mundo a partir de un único modelo. En estos tiempos complejos necesitamos recurrir al bagaje de las diferentes sabidurías y corrientes espirituales para avanzar juntos como seres humanos y crecer en conciencia planetaria. No importa tanto identificar las denominaciones de origen cuanto poner en común toda esa riqueza para que conspiremos juntos y respondamos con profundidad y lucidez a los retos que tenemos planteados. Ya no es posible comprendernos aisladamente.

Alcanzar esta síntesis no es una tarea fácil, porque no se establece en el mismo plano que sus antinomias, sino en un ámbito de mayor profundidad donde cada una de ellas es convocada más allá de sí misma. Solo es posible acceder a un nuevo nivel de conciencia a través de la depuración que produce el paso por el despojo, de modo que los elementos anteriores sean integrados en un plano superior. Esto requiere un exigente trabajo de apertura que no solo implica la asunción de lo diferente, sino que supone transitar desde el territorio conocido hacia una profundidad que se abre ante nosotros y que todavía está por alcanzar en otro plano de conciencia.

Mientras no sea así, podemos pasar décadas, siglos, milenios, empecinados en defender nuestra visión del mundo oponiéndola a la de los demás. Por el contrario, nuestra cultura del fragmento pone las condiciones para las incursiones místicas, despojados de las seguridades de antaño que nos aislaban en nuestros cotos. El diferente ya no puede ser un enemigo al cual atacar o del cual defendernos encarnizadamente, ni tampoco puede sernos indiferente, sino la ocasión de recibirlo como portador de un ángulo de realidad que complementa el propio. Estamos llamados a desvelar conjuntamente el misterio de lo real en todos los ámbitos. Urge una transparentación de la mirada y una apertura de la mente corazón que permita que las cosas desvelen su última profundidad, el secreto de su interioridad que hace a todas las cosas sagradas, porque sagrado es el fondo del que emergen.

Las páginas que vienen a continuación son resultado de reflexiones realizadas durante los últimos diez años a propósito de diversas situaciones. Se trata de un continuum de pensamiento todavía en gestación que se mueve en un terreno que es nuevo para todos. El encuentro de las religiones, con todo lo que conmueve y posibilita, apenas ha comenzado. Estamos solo en sus inicios y se trata de una lenta transformación, como milenarias son las raíces de las grandes tradiciones.

Comparto pensamientos, convicciones e intuiciones que reflejan el proceso de deconstrucción y de reconstrucción en el que se encuentran actualmente las religiones y las diversas manifestaciones del hecho religioso, proceso que no solo afecta a los creyentes ordinarios sino también a todos los que buscan la dimensión trascendente más allá de los caminos establecidos. Es mucho lo que está en juego: que perviva lo mejor de estas tradiciones y ayuden con su sabiduría al momento presente a dar un paso adelante hacia un nuevo estado de conciencia, o que su legado quede recluido en las trastiendas de cada tradición para nutrir solo el instinto identitario de un grupo determinado.

El libro está distribuido en tres partes. En la primera se aborda la necesaria apertura para acoger este tiempo de pluralismo en que nos encontramos. Implica una metanoia, una transformación del corazón y de la mente que lleva a emprender un éxodo espiritual y cognitivo. La segunda parte se concentra en el encuentro entre Oriente y Occidente para ver cómo se pueden fecundar mutuamente. Se dedica una particular atención al camino del yoga y al buddhismo, así como se trata de aclarar en qué consiste la nebulosa llamada Nueva Era. La tercera parte está dedicada a ver cómo las diversas tradiciones religiosas pueden aportar su legado para desarrollar las tres dimensiones que constituyen la realidad: la trascendente o divina a través de la vía mística, la humana a través de la vía ética y la cósmica a través de la vía ecológica. En el epílogo se retoma todo el recorrido proyectándolo hacia el horizonte de la no-dualidad.

beassertive AdministratorKeymaster
Psicologia / Neurociencia