Carmen Durán, psicóloga, especializada en psicoanálisis y Gestalt

Mi madre murió muy joven, y cumplir años me parece un regalo. De Cádiz, vivo en Madrid. Casada, tres hijos y siete nietos (otro regalo). La mejor herencia que podemos dejar es la sanidad y educación que habíamos conseguido y que se nos está yendo de las manos. Me siento cerca de la filosofía advaita

Cabezas sin cuerpo

Se ha ocupado de uno de nuestros tormentos: El sentimiento de culpa (Kairós), a veces un cruel carcelero, pero necesario para restaurar relaciones, y cuyo manejo es esencial para tener serenidad: “El problema es que a menudo no nos aceptamos”. Nos advierte del excesivo peso de la razón, de la cabeza, en nuestras vidas, de que cualquier cosa que hagamos difícilmente funcionará si no está involucrada la emoción, y me manda un enlace a una conferencia de Ken Robinson sobre cómo las escuelas matan la creatividad (TED 2006) priorizando la cabeza (lengua y matemáticas) en lugar de apoyar las capacidades individuales. “Esa excesiva dirección –dice la psicóloga– es una invasión de su identidad que acabará pasando factura”.

Hay alguien que no se sienta culpable?

Cualquier psicópata.

No somos los autores de nuestra vida…

Cierto, tan sólo somos un vehículo desde el que la vida se expresa.

¿Y eso no nos exculpa?

Nos libera de la culpa tóxica, de los hechos que escapan a nuestra voluntad, pero no de ser consecuentes con nuestra conciencia.

Aun así el sentimiento de culpa persiste.

La autoexigencia excesiva, el perfeccionismo, provoca mucha culpa e impide la felicidad. Nos hace muy intolerantes fuera y dentro.

Sin esa exigencia tampoco avanzamos.

El avance tiene más que ver con la rebeldía que con la exigencia. Nos exige adaptarnos a un entorno, cumplir requisitos intelectuales y nos implanta una moral que, si la siguiéramos al pie de la letra, no habría evolución.

La autoexigencia también nos hace levantarnos por la mañana.

Eso, cuando estamos deprimidos. Si estamos bien, el impulso natural hacia la vida nos lleva a desarrollar nuestras capacidades y potencial en todos los planos. Eso de que somos vagos y que si no nos exigimos no llegamos a ninguna parte forma parte de la mentira de la educación.

¿Tiene algún lado positivo la culpa?

Sí, el deseo de reparar el daño es necesario para la solidaridad, es el que nos salva de nuestra naturaleza destructiva.

¿Cómo vivir en paz con uno mismo?

Aceptándonos tal como somos y aceptando que la vida es cambio. A veces uno ha de reconocer que no es tan simpático como se cree ni tan generoso… Todo remite a los límites del yo, es decir: lo que creemos que deberíamos ser y lo que en realidad somos.

¿Tenemos que aprender a negociar con nuestro Pepito Grillo?

Sí, porque nos avisa si nos estamos metiendo en un camino peligroso, pero no hay que caer en el autocastigo. Se ve muy claro en las adicciones. Cuando recaemos, nos dice: “Has caído en lo de siempre, ¡inútil!”, y el remordimiento puede llevarnos al “de perdidos, al río”.

Hay que ser autoindulgente.

Hay que negociar con la culpa: “Una vez más he fallado, pero voy a seguir intentándolo”.

Habría que intentar no enseñar a los niños el autocastigo.

Sí, es muy importante, eso de sentarlos en el rincón a pensar es convertir el pensar en un castigo. Los niños se lo toman todo de forma literal. Si le dices: “Has vuelto a romper un vaso, eres un torpe”, eso le producirá desconfianza en sí mismo y se observará y autocastigará.

¿Se cura con los años?

Interiorizamos los personajes que ha habido en nuestra infancia, construimos un escenario interno donde representamos todos los papeles, somos simultáneamente el niño castigado, la madre castigadora, el padre severo, el maestro indiferente, y nos castigamos a nosotros mismos con mucha más crueldad de lo que pueda suponer cualquier castigo externo.

Me niego a aceptar que somos la consecuencia de lo que hicieron con nosotros.

Observar que estamos reaccionando según un patrón antiguo, identificar nuestros condicionamientos, nos permite cambiarlos, pero el carácter es muy difícil de modificar, y tampoco tiene sentido. A menudo la culpa está ligada al orgullo: nos pedimos a nosotros mismos cumplir una serie de normas autoimpuestas y nos castigamos con el “debería haber hecho…”.

Hay que asumir los límites personales.

Eso facilita la tolerancia hacia uno mismo y hacia los demás. Llevamos un libro de cuentas interno en el que apuntamos lo que supuestamente la vida nos debe: “aquel jefe que me trató mal”, “la profesora que fue injusta conmigo”, “mi amiga que me traicionó”… todo va ahí como si la vida nos lo debiera.

Cierto.

Y eso es algo que podemos cerrar y empezar a vivir con lo que hay. Una de las torturas de la culpa es que no podemos reparar el pasado, así que debemos aceptarlo y, en todo caso, hacer actos que compensen ese error.

El saco de las culpas se va llenando de pequeños actos miserables cotidianos.

En ese cotidiano pesa mucho el narcisismo, aquello en lo que he fallado de mi imagen adquiere más importancia que el daño hecho; no somos tan importantes.

Ojalá llegues a ser el que eres, decía Pín­daro.

Es lo máximo a lo que uno puede aspirar. La salud mental no es sólo la carencia de síntomas, es haber desarrollado plenamente tu potencial.

Nos pasamos la vida enjuiciando.

Hay que detectar y aparcar el juicio a uno mismo y a los demás. Todo lo que percibimos confirma nuestras creencias, es decir, si mi creen­cia es que la gente me agrede, sólo me fijaré en eso y no en la gente que es amable conmigo.

Elegimos una realidad de las posibles.

Nos han enseñado que somos nuestra cabeza. Vemos el cuerpo como una posesión, y las emociones, como intrusos que nos perturban. Esa educación nos hace ser más enjuiciadores de lo que seríamos si simplemente conectáramos emocionalmente con la gente. La cabeza aleja.

Nos dividimos en víctimas o narcisos.

En nuestra cultura, el narcisismo está en todos los modelos, porque también en la víctima hay un sentirse mejor que otros, con más mérito, porque sufro más.

La Contra- La Vanguardia
IMA SANCHÍS

beassertive AdministratorKeymaster
Psicologia / Neurociencia

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