Tengo 51 años, nací en Nueva York y vivo en Minneápolis. Soy médico psicólogo, especialista en autismo. Soy director del Instituto Lovaas para la Intervención Temprana. Estoy divorciado y tengo dos hijas, Sarah (16) y Meers (10). Soy liberal y creyente, pero sin dogmas. Aplico un método conductista para intentar paliar autismos.


“Picasso y Einstein fueron autistas”
Qué es el autismo?
–El más grave de los trastornos del desarrollo del niño.
–¿Qué síntomas manifiesta?
–El niño repite ciertos gestos o conductas de modo estereotipado, no habla (o lo hace sin un sentido comprensible) y no manifiesta interés en relacionarse con padres o amigos.
–¿No muestra deficiencias fisiológicas?
–Son síntomas conductuales. Y no se ma- nifiestan antes de los dos años. ¡Por eso resul- ta tan traumático para la familia, que no sospecha nada, que no se lo espera!
–Tiene que ser muy duro, desde luego...
–Los padres tienen proyectos para su hijo, esperanzas depositadas, ideas de futuro, y descubrir de pronto su autismo es horrible...
–¿Por qué no se detecta hasta los dos años?
–Porque es a partir de esa edad cuando los demás niños desarrollan habilidades de len- guaje y de conducta. Y el niño autista, no.
–Descríbame conductas típicas de autista.
–Uno se niega a comer si no se le mece in- cesantemente... Otro se concentra sólo en mover un cochecito de juguete de izquierda a derecha, de izquierda a derecha...
–¿Repetitivamente?
–Sí. ¿No le ha pasado alguna vez que se le ha metido una cancioncilla en la cabeza y se ha pasado todo el día repitiéndola?
–Desde luego...
Ése es el mecanismo típico del autismo: la rigidez en las estructuras mentales, de mo- do que el autista se queda centrado sólo en un tipo de actividad, cerrándose a otras.
–Qué cosa tan rara.
–Es como si el cerebro careciese de ductili- dad para ir adaptándose a las situaciones va- riables del entorno, relacionándose con ellas.
–Si estuviese sentado aquí delante un niño autista de 10 años, ¿sabríamos que lo es?

–Sí: mantendría una postura determinada de forma rígida. No hablaría. Si hablase, usaría un lenguaje estereotipado. Y se manten- dría distante, nada interesado en nosotros.
–¿Es una disfunción intelectiva o afectiva?
–Hay inteligencia, pero a la vez hay una incapacidad de comunicarla, de exteriorizar- la, de demostrarla al mundo. Y para evitarse frustración, el niño soslaya instintivamente toda situación que exija relación exterior.
–Es difícil de entender...
–Imagine usted que está encarcelado. Y que un día logra escapar de la cárcel por un agujero. Y que vuelven a encarcelarlo. Y des- cubre que han tapado ese agujero. Usted in- tentará escapar con otro método, ¿verdad?
–Sí.
–Pues el autista, en cambio, sólo querrá re- petir siempre el mismo método de huida...
–Y así, jamás saldrá de su cárcel.
–¡Pues eso es el autismo, esa cárcel!
–¿Y no podemos enseñarle? ¿No podemos reeducar el cerebro autista, flexibilizarlo?
–Ésa es la buena noticia: podemos. Yo me dedico a eso con el tratamiento conductual.
¡Y cuanto más tempranamente, mejor!
–¿Y qué consigue?
–Que el 50% de los niños tratados desde los tres años a los seis años pueda incorporarse a grupos de niños de su edad en la escuela.
–¿Son tres años seguidos de tratamiento?
–Sí, intensivos: trabajamos con el niño en su casa durante unas 40 horas semanales y enseñamos a la vez a los padres a aplicarlo.
–¿Y en qué consiste este tratamiento?
–Al principio se basa en la imitación: pri- mero le pedimos que repita un gesto; luego, un sonido; luego, una sílaba; luego, una pala- bra; luego, que relacione un gesto o un objeto con una palabra... Y a cada pequeño triunfo le damos un intenso refuerzo positivo, un premio (un globo, o pelotas, o lo que sea que le guste mucho a ese niño), además de mos- trar cada vez nuestro alborozo, abrazarlo...
–Un proceso muy laborioso...
–Sí, muy gradual, pero al final el niño aca-
ba interactuando espontáneamente con su entorno, con los que le rodean, y jugando creativamente ya sin estímulos de refuerzo.

–¿Se atrevería a decir que está ya curado?
Era un niño aislado, y ahora se relaciona. Ha aprendido que los padres son divertidos, que hacer cosas con otros es divertido, y le van aflorando las emociones...
–¿Y qué pasa con el otro 50% de autistas?
–Un 10% no progresa nada, y un 40% muestra diferentes grados de progreso. No me rindo: confío en ir descubriendo cómo en- señar a cada uno lo que necesita aprender...
–¿Existen diferentes tipos de autismo?
–¡Existen 200 tipos de autismo!
–¿Tantos?
–El 60% no desarrolla el lenguaje. El 30%, sólo un lenguaje peculiar, estereotipado. Y el 10% desarrolla sólo ciertos talentos muy es- pecíficos, como Einstein, como Picasso...
–¿Qué...? Perdone, doctor, pero ¿está dicién- dome que Einstein y Picasso eran autistas?
–Sí: cada uno se concentraba sólo en un in- terés, y el resto le traía sin cuidado. ¡Es una actitud de autista! No desarrollaron más ha- bilidades que las de ese talento específico.
–Pues se apañaron bastante bien, creo...
–Einstein vestía desastradamente, salía sin peinar, sus relaciones familiares fueron lastimosas, carecía de habilidades sociales...
–¿Y Picasso?
–¿No se cuenta de él que era un egocéntri- co, despótico, desentendido de su entorno...?
–Sí... ¿Hay más autistas de lo que parece?
–Quizá muchas timideces extremas o inhi- biciones sociales ocultan un tipo de autismo. Reversible, aprendiendo esas habilidades.
–¿Qué dicen sus colegas de este método?
–Hay debate, desacuerdo, críticas... Por- que también los catedráticos adolecen de rigi- deces mentales, ¡pero ya irán abriéndose!
–¿Todo es cuestión de aprendizaje?
–¡Sí!

JOSÉ MARÍA ALGUERSUARI

Tengo 51 años, nací en Nueva York y vivo en Minneápolis. Soy médico psicólogo, especialista en autismo. Soy director del Instituto Lovaas para la Intervención Temprana. Estoy divorciado y tengo dos hijas, Sarah (16) y Meers (10). Soy liberal y creyente, pero sin dogmas. Aplico un método conductista para intentar paliar autismos

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