Josep M. Esquirol,filósofo del tiempo

Tengo 45 años. Nací en Mediona (Alt Penedès) y he elegido vivir allí, pausado. Soy profesor de Filosofía en la UB. Estoy casado y tengo tres hijos (5, 3 y 15 años). ¿Política? Honestidad y justi- cia social: sobra demagogia, faltan ideales. ¿Creencias? Duda filosófica, esperanza  cristiana

El respirar del día

Nos damos tiempo junto al reloj de sol de las pla- yas de la Vila Olímpica. Charlamos  en  torno  a las sugerentes  reflexio- nes  que  vierte  Esquirol en El respirar de los días

/ El respirar dels dies (Paidós), ensayo filosófi- co de proximidad, pega- do a la experiencia del tiempo, una vivencia co- mún a todos nosotros (exceptuado quizá Cio- ran: Los otros se preci- pitan  en  el  tiempo:  yo he  caído  del tiempo”).

Entiendo que todo suce- de en el tiempo y que

más aúntodo es tiem- po: no tienes más que tiempo. Eres tiempo en tránsito. Finito y, por ello, precioso. El tiem- po nace a la vez que el cielo”, dictaminó Platón, anticipando a Hawking y su flecha del tiempo.

Estamos a tiempo de aprovechar el tiempo.

“Date tiempo”

¿Mi identidad es memoria?

Memoria de tiempo.

¿Y cuándo comenzó el ser humano a te- ner conciencia del tiempo?

El sol sale y se pone. Ese ritmo (circadiano) es la acotación temporal primordial, base de toda medición del tiempo. Sumando días salieron semanas, meses, años. Y de una pri- mera partición de las horas (prima minuta) salieron minutos, y de una segunda parti- ción (secunda minuta), segundos.

¿El tiempo vuela?

O corre. Es una experiencia que acumula- mos: que el tiempo es movimiento como el sol y que pasa rápido. La máxima sensación de paz y plenitud es la del tiempo detenido.

¿Usted la ha sentido?

Yo he decidido vivir fuera de Barcelona, y eso ayuda. En el pueblo, el día respira de otro modo. Démonos tiempo para sentir el respirar de los días. Si contemplas la vida con atención, ¡la verás ralentizarse! Verás que el mundo entero parece respirar…

¿Apología de la lentitud?

Prefiero hablar de vivir la experiencia del día con parsimonia, calma, tranquilidad, se- renidad. Hacer una cosa después de la otra, y hacerlo bien. Prefiero hablar de la bondad de la pausa más que de la lentitud.

¿Hacemos una pausa?

Si tú te detienes… ¡regalo!: el tiempo se de- tiene. Esto prueba que el tiempo eres  tú.

Ya pararé cuando muera”, he oído. Solemos llenar nuestro tiempo de frenesí justamente para evitar este pensamiento bá- sico: ¡vamos a morir! En el fondo, nos ocupa- mos mucho para así estar fuera de nosotros, desaforados literalmente. Por eso Pascal acertaba: “El gran mal del hombre es no sa-

Qué es el tiempo?

El tiempo es la vida. El ser

¡no es más que tiempo!

¿Soy tiempo?

Eres tiempo que pasa.

¿Soy más pasado, pre- sente o futuro?

Mirar el tiempo como suma de instantes estresa: si los momentos pasa- dos ya no son y los futuros aún no son, te devanas por vivir los presentes, escurridi- zos… ¡Ah, qué estresante, el carpe diem!

¿Qué propone, pues?

Otra actitud ante el tiempo. Entenderlo co- mo oportunidad para hacer algo: acostarte, levantarte, ayudar, comer… El tiempo como invitación, como oportunidad (que viene de puerta). Estate atento para ver las puertas.

¿En eso consiste no perder el tiempo? En hacer lo que la ocasión pida. “La regla principal de la educación, la más importan- te y más útil, no es ganar tiempo ¡sino per- derlo!”, dijo Rousseau. En las escuelas debe- ríamos aprender a relajarnos, a sentir el dis- currir del tiempo. O sea, darlo: dar tiempo.

¿Por qué? Porque dar tiempo es el modo de no perder- lo. Dar tiempo es ganarlo. ¿Curioso, eh? Si das tiempo, obtienes tiempo. Y si no lo das,

¿lo acumulas? No: ¡no tienes nada!

Paradoja, sí.

Dicho de otro modo: tiene vida quien da vi- da. Quien es avaro con la vida no tiene vida. Dígame: ¿a  quién  debo darle tiempo?

Primero, a ti mismo. Y a los demás: a tu mu- jer, a tus hijos, a un enfermo, a los alum- nos… Si das tiempo, ¿qué más puedes dar?

¿Es      el      bien      mayor,      pues? El más precioso. Dijo Wittgenstein: “El salu- do entre filósofos debería ser: ¡date tiem- po!”. El tiempo es condición para pensar.

¿No nos damos tiempo?

Qué va. “¡No tengo tiempo!”, repetimos. Vi- vimos apretujando el tiempo, apresurándo- lo. ¡Así no hay serenidad posible! Y la prisa engendra el mal del dogmatismo.

¿Ah, sí?

El dogmatismo es siempre una precipita- ción. Tómate más tiempo… ¡y verás cómo se te desvanece toda afirmación dogmática!

También suele decirse que el tiempo todo lo cura”…

Todo lo que vivimos no volverá y, a la vez, ha sucedido para siempre: es irreversible.

Otra paradoja.

Lo que ha pasado no pasa: ¡queda! Pero el paso del tiempo te va alejando de eso, vas olvidando. Sólo el paso del tiempo nos cura del tiempo pasado. Este olvido es incomple- to, ¡o perderías conciencia de tu identidad!

ber estar solo en una habitación”.

¿Nos angustiamos al abismarnos en no- sotros mismos?

El ser humano es el único animal que se sa- be finito. Eso acota y libera un tiempo, y nos entrega la responsabilidad de vivirlo: ¡saber- se mortal y estar a la altura no es nada fácil!

Entonces surge la gran pregunta: ¿qué hago con mi tiempo?

Respuesta: dártelo y darlo.

¿Pese a que el tiempo es oro”?

Es que esa frase expresa una mercantiliza- ción del tiempo, nuestra tendencia a conver- tirlo todo en recurso, en mecanismo de pro- ducción: recursos energéticos, recursos eco- nómicos, recursos alimenticios, ¡recursos humanos! Convertimos a las personas en meros recursos para la rentabilidad empre- sarial… ¡El lenguaje está hablándonos de có- mo vemos el mundo!

El tiempo ¿avanza como una flecha o gi- ra en círculo?

Son dos representaciones del tiempo: una expresa la idea de progresión; la otra, la de repetición. Y no sé cuál es menos trágica… Una reflexión final sobre el tiempo.

Esto que dijo una mujer encarcelada: “Fue- ra de la prisión yo pasaba el tiempo; aquí dentro es el tiempo el que me pasa”.

VÍCTOR-M. AMELA

beassertive AdministratorKeymaster
Psicologia / Neurociencia

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